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LA FRONTERA ETÉREA.

  • 18 abr
  • 30 Min. de lectura

Actualizado: 19 abr


 


Introducción.

 

Estoy seguro de que hay gente que duda de si mis historias son o no verdaderas, o piensan que están adornadas en demasía hasta el punto de parecerse poco a la realidad, pero es que realmente no son tan extraordinarias como pudieran parecer.

Si es usted uno de ellos le aconsejo que deje ahora mismo la lectura, pues si no creyó las otras esta le va a ser difícil de digerir. 

Aquel día lluvioso en Senegal y Gambia ocurrieron una serie de acontecimientos, que sumados todos ellos dieron lugar a una historia rocambolesca. Algunos de nosotros estábamos bromeando, quizás para aplacar los nervios, con que se me estaba poniendo a huevo un relato de los buenos, de esos que se escriben solos, y ahora casi tres años después voy a hacer el esfuerzo por plasmarlo en papel, o mejor dicho en pantalla. No se porqué he esperado tanto tiempo para contarlo, creo que simplemente no me apetecía hacerlo por miedo a no ser capaz de narrarlo de una forma correcta y veraz, aunque el momento ha llegado. Si no eres de los escépticos que han abandonado la lectura, quizás puedas disfrutarlo.


 

Gambia es un país extraño, al menos geográficamente hablando. Es como una daga hincada con ganas en el medio de Senegal, al que pincha por el medio, mas sin atravesarlo. Aprovecha para ello el cauce del río que le da nombre y forma al pequeño país africano. 

Por esas cosas del colonialismo en cierta época ambos países fueron parte de Francia y Gran Bretaña, aprovechando los ingleses el estado ribereño para formar un enclave económico  de esos que tanto gustan de hacer, y los franceses para controlar a su hermano mayor junto con otros del entorno. Después de la independencia de ambos incluso fueron uno solo llamado Senegambia, cuya vida fue efímera separando sus destinos de nuevo, el uno con intentos de ser una democracia aunque siempre bajo el control real de Francia, y el otro derivando en regímenes dictatoriales tutelados estos por la pérfida Albión.

 

-Como nos pare otra vez más la policía me quedo sin dinero. -Decía Bouba a modo de queja.


-No hay más policía corrupta que esta, y para colmo hay un control cada pocos kilómetros. 

-Nos van a arruinar.

 

Teníamos que llegar a la frontera entre Gambia, donde nos encontrábamos en ese momento, y Senegal, a tan solo unos 50 kilómetros,  recorriendo una carretera recta como lo era el país en sí mismo. 

  Bouba ya nos había avisado de que la cosa iba a ser así, mucha policía. Pero la cantidad le estaba sorprendiendo incluso a el mismo. Una vez que la autoridad nos daba el alto, nuestro conductor y amigo no esperaba a que nos pidieran la documentación, directamente posaba en las sucias manos manchadas de corrupción del agente de turno el dinero que estimaba oportuno para que nos dejaran seguir sin rechistar y sin incómodas revisiones.

¿Para que iban a pedir papeles como pretexto para exigir un soborno si ya tenían este último amarrado?

La cartera de Bouba se vaciaba tan rápido que las posibilidades de llegar a nuestro destino sin pasar por el calabozo se reducían proporcionalmente a como lo hacía la pasta. Tal era la tensión que incluso en una ocasión nuestro chofer siguió conduciendo a pesar del brazo levantado de una policía que nos daba el alto. Bouba alzó el suyo como si devolviera un saludo que no era tal, acelerando sin dejar de sonreír y agitando la mano ante la mirada atónita de la guarda corrupta que no sabía a ciencia cierta si la furgoneta con ocho blancos y un negro sonriente se daba a la fuga adrede o sin querer, aunque seguramente sospechando lo primero. 


-No me quedaba dinero. -Dijo Bouba descojonándose.


-Si nos piden los pasaportes estamos perdidos.

 

La realidad es que nos encontrábamos en Gambia intentando guardar un secreto que debido a nuestras caras blancas era difícil de ocultar.

¡Éramos unos inmigrantes ilegales!

 

Ana había conocido a Bouba unos años atrás en un viaje con su padre a Gambia y se habían mantenido en contacto gracias a las buenas migas que el senegalés había hecho con su progenitor. Ese contacto también propició que un grupo de amigos míos hubieran ya viajado a Senegal y ahora lo íbamos a hacer nosotros mismos, en un itinerario duro, pues recorreríamos prácticamente el país de norte a sur y atravesaríamos de paso Gambia. 

Bouba nos había recogido en el aeropuerto de Dakar ya bien entrada la noche, no recuerdo muy bien donde dormimos ese día pero lo que si recuerdo es la alegría de nuestro guía.

 

-Hay más gente de la que parece por la calle. -Nos comentaba camino del hotel.

 

-Lo que pasa es que como no hay casi alumbrado público y la gente es negra pasan desapercibidos.


-A menos que sonrían. -Dijo soltando una carcajada y enseñando unos dientes tan relucientes, que podrían haber iluminado las calles mostrando con su destello a cientos de compatriotas con la boca cerrada escondidos entre las sombras.

 

Me empezaba cayendo bien el amigo Bouba.

 

Se necesitaba estar bien físicamente, tener una buena dentadura, si eras hombre pesar más de sesenta kilos y si eras mujer tener un busto prominente señal inequívoca de ser una buena nodriza. Si no cumplías este perfil es posible que ya no fueras elegido para habitar la hermosa isla de Goreé a unos 3 kilómetros enfrente de Dakar, la capital de Senegal. Sin embargo si te encontrabas habitando la casa amarilla de huéspedes en ese lugar paradisíaco y por lo que fuera dejabas de poseer esos cánones, estabas perdido, pues tu estancia tenía los días contados. Y de paso tu vida.

Caminando por las empinadas callejuelas nadie podría intuir hoy en día que ese sitio había sido uno de los lugares más horrendos de toda la costa oeste de África desde 1536 hasta 1848, cuando 20 millones de personas pasaron por esa villa procedentes del mismo Senegal, de Gambia, Malí, Guinea Bissau y algunos otros países de la costa africana y del interior. Su destino: América. Millones de seres humanos fueron subastados, separados de sus familias y enviados al continente americano en un crucero con casi nada incluido que muchos no superaban. Buena dentadura, busto generoso, 60 kilogramos, buen porte…. En la edificación que se levantaba a modo de alojamiento obligado para los desdichados se les separaba, mujeres de maridos, madres de hijos, hermanos de hermanas. No se les trataba mal del todo, pues debían de ser una buena mercancía para la subasta. Incluso a algunos se los metía en una especie de sala de engorde. Tenían que estar sanos y sobre todo parecerlo, pues de lo contrario no lograrían comprador y no aguantarían el cruce del Atlántico hasta su destino. Si no lo estabas ya te ibas por la borda a las primeras de cambio o incluso se deshacían de ti antes incluso de comenzar la navegación. Una vez en el destino serías nuevamente subastado, sin importar tu pasado, ya borrado para siempre.


Rostros actuales en Goreé.


Sorprendía el número de turistas que se agolpaban en las estrechas callejuelas, sobre todo en la casa de los esclavos, pero aún sorprendía más que casi todos eran locales, o al menos eso parecía.


-¿Como es que tantos senegaleses visitan este lugar?- pregunté a Bouba.

 

-No por ser negros tienen que ser de aquí. Muchos son de otros países. -Me respondió.

 

Goreé se a convertido de hecho en una especie de lugar de peregrinaje de africanos en busca del lugar desde el que sus ancestros partieron para no volver, y al que muchos descendientes de los esclavos americanos que lograron sobrevivir llegan, para ver con sus ojos el lugar donde su linaje pisó el continente por última vez.

Nuestro grupo se componía de 8 personas variopintas. Lo único en común es que éramos, y somos,  blancos, nos gusta viajar y un nexo de unión que algún componente de la cuadrilla me recordó aquellos días; yo mismo. Hasta ese momento no lo había pensado y a partir de ahí en ocasiones me doy cuenta de que a veces se repite y no se muy bien el por qué. Quitando a Bouba que era aportación de Ana el resto eran fichajes míos. Igor, colega que conocí en Guatemala cuando fui su coordinador de grupo en una agencia de viajes. Vasco, sin 8 apellidos, pero vasco de los de verdad. Guillermo, mi sobrino, primera vez en África, con diarrea desde el primer día hasta el último, lo que no mermó su apetito sin fin y una capacidad de adaptación que me sorprendió.  Carla, alicantina que conocí también en Guatemala, viajera empedernida y despistada a partes iguales. Leti, compañera del gimnasio a la  que había invitado a acompañarme a Alaska el año anterior en una caravana con otras dos personas sin apenas conocerla, apuesta que salió bien. Camila, catalana/Colombiana conocida en Guatemala también en aquel mi primer viaje de guía amateur. La ya mencionada Ana y David, ambos mi pareja, la una sentimental y el otro casi como mi hermano, que volvía a viajar conmigo después de unos años de crisis en nuestra relación. A estos los conocía muy bien después de muchos viajes juntos por todo el planeta. Y el último yo.


Atardecer en Senegal.


Después de Dakar nos dirigimos al norte pasando por el lago Rosa, famoso lugar donde acabó el rallye Paris-Dakar durante décadas y que en ese momento no lucía rosa debido a unos enormes aportes de agua dulce después de unas inundaciones. Era un lugar decadente, un sitio que siempre me fascinó desde niño pero que me decepcionó sobremanera. Había comenzado a morirse desde que el rallye decidió abandonar África para no volver. Puede que incluso antes.Todo lo que se había creado en torno a esa fiesta de occidentales tarados se desapareció, dejando el lugar a expensas solamente de sus encantos naturales que eran muchos, hasta que esa riada también los finiquitó. ¿Quién iba a querer ver un lago Rosa que ya no es Rosa?

El viaje al norte fue duro, el calor apretaba, nos poníamos enfermos de la tripa por momentos y las distancias eran largas. A algunos componentes del grupo ya se les estaba haciendo bola África, pero había que seguir. Como dijo Bouba en una ocasión ante la queja por las kilometradas recorridas de algunos componentes de la expedición:


-Si no nos movemos no avanzamos. 


Que la Bouboneta no fuera demasiado cómoda tampoco ayudaba. Pero sobre todo era África, esa África que te enamora o que te pone de mala hostia. Por suerte a mí ya me había enamorado muchos años antes de ese viaje.

Una vez en Sant Louisse, en la Frontera norte con Mauritania el plan era bajar de nuevo dirección sureste, bordear esa daga clavada llamada Gambia e ir a una de las zonas más deprimidas de Senegal, el país Bassari. No confundir con Basauri.  Pasamos por Touba y Tambacunda, esta última según Ana la ciudad más aburrida del planeta, donde no se puede hacer casi de nada, pues casi todo está prohibido excepto rezar. Es lo que tiene ser una ciudad santa. Prohibido ir de la mano, prohibido beber alcohol, prohibidas las muestras de afecto y lo peor de todo para Ana es que estaba prohibido fumar. Después de la visita a las diferentes y faraónicas mezquitas seguimos camino hacia lugares menos santos y más divertidos.


-¡Esta furgoneta es una mierda! ¡No puedo más! ¡Son demasiados kilómetros, yo quiero quedarme aquí!

 

El grupo se encontraba tensionado de tal forma que algún componente había llegado a su límite. Nos encontrábamos en medio del parque natural de Niokolo-koba y teníamos que afrontar una pequeña rebelión. Yo obsesionado como siempre por ver fauna, estaba más enfadado por ir rápido y no haber avistado un triste animal que por lo de las incomodidades y fui de los últimos en enterarme del motín.

 

-Para llegar a un sitio hay que moverse.

-Repetía Bouba como si esa obviedad no fuera entendida por los blancos llorones.


Yo, ya un poco al borde del enfado, repetía que el itinerario lo habíamos decidido entre todos, aunque realmente no había sido así, pues Bouba nos hizo llegar varias opciones que yo pasé al grupo diciendo que prefería la más larga y por lo tanto más dura, influenciando seguramente en la decisión final. No obstante  todo el mundo dio el beneplácito esgrimiendo unas ansias de aventura sobre plano que luego en la dura realidad africana se desvanecieron.

Como en cierta manera me sentía responsable por eso que conté antes de ser el nexo de unión, sólo acertaba a ser conciliador y al mismo tiempo intentar hacer entender que ese era nuestro viaje, el que nosotros habíamos decidido, que no había una agencia a la que poner una reclamación, que teníamos que apechugar por la misma razón que Shakira tanto cantó:


PORQUE ESTO ES ÁFRICA”


Lo cierto es que ese día se rompió la confianza y me juré no viajar nunca más con algunos de mis compañeros. Lo que no sabíamos en ese momento era que lo peor estaba por llegar.


 Escena de la vida cotidiana.



El país Bassari es posiblemente el África más africana de todo Senegal. Yo al fin me encontraba en mi salsa disfrutando de unos bellos paisajes verdes cortados por los caminos de tierra roja típicos del continente. Siempre que en África veo ese tono cobrizo en la tierra me acuerdo de la escena de una famosa película en la que Leonardo DiCaprio interpretando a un mercenario blanco oriundo de Zambia, creo recordar, decía algo así como que la tierra del continente es de ese color por toda la sangre derramada a lo largo de su historia, color sangre. 

Iwol, Ibel, Dindefelo con su preciosa cascada, son algunos lugares hermosos al tiempo que pobres de solemnidad, donde muchas ONGs trabajan desde hace años intentando poner un poco de dignidad en la vida de los locales, labor que a ojos de un foráneo recién llegado no terminan de conseguir. Las minas clandestinas de oro son un recurso muy importante de la zona, que por desgracia dejan en el país Bassari más miseria que riqueza. Unos simples agujeros en el suelo donde unos adolescentes, puede que niños, cavan con sus manos para extraer sacos de tierra donde presumiblemente se encuentra el oro escondido. Esos sacos son vendidos en bruto o también los pueden lavar para buscar el vil metal. Todo ello en unas condiciones paupérrimas , donde trabajan normalmente inmigrantes ilegales aún más pobres que los pobres bassaris. Normalmente este mineral es vendido por el cacique local a otro cacique más gordo y sacado del país sin pagar impuestos, ni aranceles ni nada. Hay un aeropuerto remoto solo para ese fin. Después el oro llega a occidente (Francia normalmente) y enriquece más a alguien que ya era rico, empobrecen a los que lo extraen y adornan los pescuezos, las orejas, dedos, manos y puede que hasta pezones de unos acomodados que no tienen ni idea de todo el dolor que ha costado que esos gramos dorados lleguen a colgar en su cuerpo. Cuerpo que casi siempre seguirá siendo igual de feo.


Familia en la aldea de Iwol.


La primera tarde allí, mientras algunos de mis compis de viaje dormían la siesta, yo me había acercado a la orilla del río cercano al campamento donde las mozas lavaban la ropa en unas aguas tan embarradas que casia duras penas conservaban su poder limpiador. A veces me gusta escaparme en soledad  para  ver cosas interesantes de la vida cotidiana en los países donde viajo y ese podía ser mi momento, pero mi sobrino apareció. Supongo que quiso seguir a su tío favorito y lo que se encontró lo dejó atónito. Unas chicas jóvenes, puede que aún niñas, lavaban la ropa solo tapadas con una tela a modo de falda, dejando sus pechos al aire como es natural en muchas zonas de África. Para mí no era novedad, pero Guillermo casi tropieza y queda bizco al ver esos senos turgentes moviéndose al ritmo de la colada emergiendo de unos cuerpos perfectos. Para colmo las jóvenes no paraban de mirar y sonreír por la curiosidad que les causábamos, ajenas a la incomodidad que podían ocasionar a los blancos las tan demonizadas tetas que ellas mostraban como si nada y que en nuestra sociedad están tan sexualizadas que las escondemos como si del mismo demonio se trataran. Cuán distintos son nuestros mundos.

 

-Tranquilos amigos, solo tenéis que chascar los dedos y se van volando.


-No les tengáis miedo, si hacéis lo que os digo no os pasará nada. -Nos dijo Bouba sonriendo.

 

Estábamos dando un paseo al atardecer por una senda paralela al mismo río que un par de horas antes había hecho posible que mi sobrino viera unas tetas negras por primera vez en su vida. Todo iba como la seda hasta que pasamos cerca de una colmena de abejas melíferas. Yo iba el último del grupo y como apicultor aficionado me quedé mirando la curiosa casita  abejera preguntándome cómo sería eso de la apicultura en África. Me disponía a sacar una foto bastante alejado cuando de repente sentí el zumbido cerca de mis prominentes orejas. Como ya tengo experiencia en picotazos sabía lo que iba a suceder a continuación, por lo que intenté arrear a los que delante de mi disfrutaban del paseo haciendo un tapón en el estrecho sendero el cual impedía la huida. 


-¡Acelerad chicos que vienen abejas!

 

No hubo manera de ir más rápido pues solo me escucharon los que tenía más cerca de mi, que aunque tarde intentaron reaccionar sin poder adelantar a los de más adelante que caminaban lentos observando el paisaje ajenos al drama.

Se había formado un atasco en toda regla mientras decenas de abejas me picaban en la cara, cabeza, orejas y ojos, y a Ana otro tanto de lo mismo. Fue después de un rato que Bouba se dio cuenta de la situación mientras todos corríamos y dijo aquello de chascar los dedos. Por eso de perdidos al río comenzamos a chascar como si estuviéramos bailando la jota, pero como habíamos sospechado los incrédulos occidentales la cosa no valió para nada. Más de 20 picotazos me tocó recibir, Ana un buen puñado y al bueno de Bouba le pusieron su calva negra como un colador. Era gracioso quitarle los aguijones blancos aún amarrados a su cuero cabelludo marrón oscuro afeitado. Mientras el buscaba explicaciones al por qué las abejas nos habían atacado a pesar de la jota.

 

Días más tarde Bouba dejó de sonreír de repente. Estaba muy serio y la cosa no era para menos. Nos encontrábamos en “su isla” ya curados de las picaduras transcurridas unas jornadas desde el ataque cuando nos dijo:

 

-Han detenido a Ousmane Sonko.

 

-Se va a preparar muy gorda, tenemos problemas.-Nos dijo cabizbajo.

 

Nada más llegar a Senegal algunos de nosotros nos habíamos interesado por la inestabilidad política de los últimos años en el país. Había una especie de revolución popular contra el gobierno corrupto y títere de Francia que desencadenaba recurrentemente una ola de protestas y disturbios que podían ser peligrosos. El líder opositor, en arresto domiciliario, y otros muchos políticos contaban con el apoyo mayoritario del pueblo llano, pero no así de las élites, a las que les iba muy bien con el actual jefe de estado, colocado seguramente por Francia para poseer el control sobre los recursos nacionales como visteis con el tema del oro. La cosa en la zona del Sahel ciertamente estaba complicada en muchos de los países donde Francia tiene influencia. Un nuevo Gobierno militar golpista había echado a otro Gobierno militar golpista del poder en  Burkina Faso, estos hicieron que los militares franceses se tuvieran que ir  dejando en manos locales el uranio tan necesario para las tan veneradas centrales nucleares galas. Esas que son tan rentables porque precisamente ese uranio es obtenido casi gratis del África francófona junto con otros minerales. Esas mismas que nuestros vecinos del otro lado de los pirineos dejan en standby cuando los pobres españoles producen tanta energía renovable que les sale más barato comprarnosla a nosotros que producirla ellos. Muchos de estos gobiernos para deshacerse de la influencia francesa y yanki se han echado en manos de los rusos, que con su ejército de mercenarios de Wagner han sembrado el pánico en muchas zonas para que la inestabilidad les dé una oportunidad de meter las zarpas. Los chinos por su parte funcionan de otra manera. Compran deuda soberana, construyen infraestructuras y se convierten en acreedores y dueños de medio mundo. Por contra occidente financia grupos rebeldes allí donde no controla gobiernos leales para que siembren el caos donde pierden poder, como por ejemplo Boko Harán, Isis, al qaeda…….. el resultado es que todo es una puta mierda.

 

-¿Tú crees de verdad Bouba que bajo el paraguas ruso estaréis mejor? Le pregunté en varias ocasiones.

 

A lo que siempre respondía enérgicamente.


-¡Cualquier cosa mejor que Francia!

 

Supongo que están hartos del dominio gabacho y de que eso les haya impedido levantar cabeza durante décadas. Por no tener no tienen ni moneda propia ese grupo de 14 países. Operan con un  franco llamado CFA que controla el tesoro francés.

Soy bastante escéptico en cuanto a que cambien de "dueño" los países de la zona. Mi razonamiento es que en Francia al menos hay una opinión pública que no está dispuesta a tolerar que los desmanes de su país con los pobres negritos del África tropical sean demasiado evidentes. Por contra la opinión pública en Rusia  ni está ni se le espera. 

 

-Mañana a las cuatro de la mañana partimos.-Sentenció Bouba.

 

-Tenemos que pasar los principales cruces de carretera casi de noche para evitar las barricadas que a buen seguro se levantarán durante el día y poder llegar a la frontera con Gambia para sacaros del país. Luego ya se verá.

 

-Pues que así sea. -Sentenciamos todos.


Esa noche no jugaríamos a las cartas.



 Precaria mina de oro en el pais Bassari.


Después del episodio de las abejas africanas y un par de días antes de la detención del disidente senegalés habíamos dejado atrás el País Bassari rumbo al sur, a la zona de Casamance en la frontera con Guinea Bissau, antigua colonia portuguesa. Por la antigua influencia lusa y el tradicional aislamiento de Casamance se ha dado históricamente un cierto sentimiento separatista en todo el área, convirtiendo la provincia en una zona conflictiva hasta no hace demasiados años, donde guerrillas independentistas secuestraban gente y guerreaban con el ejército regular senegalés.

Igor se encontraba viajando en el asiento del copiloto atenazado por la fiebre cuando de repente escuchamos un frenazo, un grito y un golpe seco que recorrió la Bouboneta desde la defensa delantera hasta la zona trasera por debajo de nuestros pies. Habíamos matado algo.

Teniendo en cuenta que las carreteras de África están llenas de transeúntes y que de estos un número enorme son niños pensé en lo peor. Gracias a Dios "tan solo" habíamos atropellado a unas cuantas ovejas que se echaron a la carretera de repente. Rápidamente Bouba bajó de la furgoneta y se puso a hablar con los curiosos, entre los que en un instante apareció el dueño del rebaño, que exigía se le pagase el precio de al menos una criatura que yacía tirada en medio de la carretera. Al contrario que en los países occidentales, en Senegal, y puede que en muchos países de África, el responsable del atropello es siempre el vehículo, ya sea la víctima perro, oveja, cabra, caballo, vaca,  elefante o paisano. Si tú tienes un bicho abandonado a su suerte por la vía pública y alguien lo atropella, no solo debe pagar los daños de su vehículo, si no que también te deberá pagar la muerte del animal. Es tan importante el ganado doméstico en ciertos países  para la supervivencia de las familias que su pérdida tiene que ser indemnizada. Este no fue el caso pues según Bouba la oveja solo estaba inconsciente y se iba a recuperar. Bajo mi punto de vista estaba bien muerta o en un coma profundo e irreversible. (Meses después en una visita a España de nuestro amigo le pregunté por la resurrección de la oveja, a lo que me contó que seguro que se había recuperado o al menos eso creía, pues no había vuelto a pasar por el lugar de autos)

 

En la isla de Bouba el tiempo pasa lento. Carabane es un lugar idílico, una pequeña ínsula que no es más que un banco de arena en medio del río Casamanza, cerca de su desembocadura con el mar y fijado por manglares.  Para llegar a ella hay que coger una lancha o un bote desde la ciudad costera de Elinquin. En la isla no hay coches.

La postal no podía ser más perfecta. Ante nosotros y desde el bote podíamos ver una playa de arena blanca, con sus cocoteros inclinados y una Jacaranda florida en la misma orilla. Debajo de esta una mesa con un mantel de colores, un pequeño bar y una anciana sonriente sentada en una silla esperando nuestra llegada. La madre de Bouba. Y todo eso casi para nosotros solos. Lástima que un par de días después tuviésemos que abandonar ese hermoso lugar a toda prisa por el tema de los disturbios.

Subimos en plena noche a la barca que nos recogió en el manglar delante del hotel de Bouba donde habíamos pasado unos días de ensueño. Teníamos 45 minutos de navegación hasta Elinquin donde la Bouboneta nos esperaba para intentar llegar a Gambia unas cuantas horas más tarde. El plan era claro. Debíamos pasar tres puntos conflictivos antes de que los alborotadores cortaran la carretera, el primero en Usui, el segundo en Ziguinchor la capital de Casamance, y por último en Bignona. Según Bouba, si lográbamos llegar al último sin problemas, el resto del camino sería pan comido. Lo que no tenía yo muy claro era de que los piquetes no madrugaran. Si bien la fama de los africanos es la de ser un poco vagos me sorprendía que para cortar las carreteras por una protesta tan importante se levantaran a las 10.

Navegando en plena noche llegamos a la orilla y rápidamente se arrancó la furgoneta sin tiempo que perder. Según se iba haciendo de día pudimos ver los restos de una noche caliente. Neumáticos humeantes, árboles caídos y todo tipo de trastos a la orilla de la carretera que unas horas antes habían cortado la misma. No me queda muy claro porqué cortar la carretera de noche cuando nadie pasa, pero es que está protesta me empezaba a parecer un poco rara en las formas. Parecía que íbamos a pasar el primer cruce conflictivo sin problemas cuando de repente un grupo de personas que aparecieron de la nada cerraron el camino un par de vehículos antes que el nuestro. La cosa comenzó como medio en broma porque en realidad los bloqueadores y los bloqueados eran vecinos, familia, amigos y en ocasiones hasta las mismas personas que cortaban la carretera se quedaban atrapadas por sus propias barricadas. Tal era la cosa que por espacio de un tiempo algunos coches pasaron por la gracia de los piquetes. En un determinado momento también pareció que nosotros íbamos a pasar, pero al ver nuestras caras blancas alguien pensó que seríamos un excelente daño colateral de sus protestas. En ese  momento Bouba nos alejó del lugar y comenzó a negociar nuestra liberación, o lo que es lo mismo, que nos hicieran el favor de dejarnos seguir el camino.  No quería que nadie nos viera y al mismo tiempo lejos estaríamos más seguros, pues si llegaba el ejército entraría con todo para abrir paso y podíamos resultar heridos e incluso muertos como había ocurrido en muchas ocasiones en los meses anteriores. Aquí la autoridad no da cuentas a nadie y una bala perdida es fácil que encuentre un cuerpo donde incrustarse. La verdad que no estábamos nerviosos, pero tampoco tranquilos. Ya éramos conscientes de que íbamos a tener difícil llegar a Gambia ese día y puede que los siguientes.

 

-¡Vamos chicos! -Nos gritó Bouba mientras corría hacia nosotros.

 

-Van a abrir unos minutos.

 

Montamos rápido en la furgoneta y nos pusimos al final de la fila de autos retenidos y en cuestión de segundos y después de una hora de espera estábamos en marcha. Tal vez aún llegáramos a la frontera después de todo.

Próximo punto conflictivo, que de momento no parada, Zinguinchor. La capital de Casamance. 

El silencio reinaba en el grupo, cada pocos metros y en cada cruce se apreciaban los restos de una noche de pelea. La presencia militar era evidente y puede que gracias a eso estuviera todo calmado, pero en mi caso y creo que en el de todos, me causaba más inquietud un soldado adolescente armado hasta las trancas, que un campesino cortando la vía con unas ramas. 

 

-Hemos pasado. -Dijo alegremente nuestro conductor.

 

Se le veía más optimista, pues ese era el punto más peligroso ya que era el cruce de varias vías importantes. Ahora en dirección hacia la frontera, los pueblos eran más pequeños y a Bouba solo le preocupaba un lugar después de cruzar el río Casamanza dirección norte que según el podía tener tomate. No fue así.

La sonrisa reluciente del africano resplandeció incluso a pleno sol después de cruzar la zona chunga sin ningún tipo de problema. Si hubiera sido de noche habría dejado al descubierto a millones de negros escondidos entre las sombras.

 

-¡Esto marcha bien!

-En 50 kilómetros estaremos en Gambia.

 

Habíamos recorrido unos 100 y seguíamos a toda velocidad recortando distancia hacia nuestra salvación cuando de repente, y a tan solo 20 kilómetros de la frontera unos individuos aparecieron de detrás de una mata y tiraron un árbol en medio de la carretera, justo delante de la furgoneta que nos precedía. Bouba no daba crédito a nuestra mala suerte.

¿Cómo podía cortar nadie la vía donde solo había unas pocas aldeas ocultas a la vista? Pues estaba ocurriendo.

Las negociaciones fueron duras, incluso por un momento apartaron el obstáculo y dio la sensación que se ablandaban los piquetes, pero la llegada de un hombre con cara de enfadado terminó con nuestras esperanzas.

¡Aquí no pasa ni Dios!

Me pareció leer en sus labios en la distancia.

¡Aquí no pasa ni Alá! Seguramente dijo.

Con buenas palabras nos hizo entender que si nos dejaba via libre nos iban a parar más adelante y encima iba a quedar mal con sus compis malotes, cosa que era cierta pues lo que estaban haciendo era bloquear la frontera unos kilómetros antes con múltiples cortes de vía. Estábamos parados en medio de la nada.

Tan cerca de la orilla e íbamos a morir ahogados. 

 

-¡Vamossss!

 

 Volvió a decir Bouba.

 

Una mueca de esperanza afloró en su rostro. ¿Pero a donde?

 

-Seguiremos a estos amigos que me acabo de echar y que me han contado que se puede llegar a la frontera por un camino que atraviesa la selva, les seguiremos unos kilómetros y luego el último tramo lo haremos solos.

 

Comenzaba a llover.

 

Tuvimos que desandar cierta distancia hasta un desvío que nos adentraba en el parque natural Forêt d’Essom, el cual atravesaríamos para salir a la misma carretera que estábamos dejando a tan solo 1 kilómetro de la frontera. Era un plan perfecto ¿Que podía salir  mal? 

Muchas cosas.

 

La furgoneta Mercedes cargada de clientes(pues era un taxi) a la cual seguíamos avanzaba a toda velocidad por los caminos cada vez más embarrados, sorteaba ágilmente charcos cada vez más grandes firmados por la fuerte lluvia que caía. Se veía a la legua que se conocían el terreno como la palma de  su mano. No obstante nos habían contado que eran senegaleses y gambianos y que iban a cruzar la frontera por un paso sin vigilancia en medio del bosque, así sin papeleo ni nada. Ellos podían hacerlo por algún tipo de tratado de libre circulación, nosotros no. 

De cuando en cuando el furgón nos tenía que esperar para indicarnos la ruta correcta cuando la vía se dividía en dos o más ramales, cosa que ocurría con bastante frecuencia. En un determinado momento se pararon, se bajaron de la furgoneta y en medio de la lluvia nos dijeron:


-Bueno, hasta aquí llegaron nuestros caminos, nosotros vamos en otra dirección.

 

Después de unas indicaciones a Bouba, se despidieron y nos desearon suerte, la cual nos iba a hacer falta. Por lo visto el camino no tendría pérdida, todo tieso, paralelo a la carretera asfaltada que habíamos abandonado una hora antes, aunque unas decenas de kilómetros en el interior de un bosque tropical denso. La lluvia no cesaba y el camino se hacía más y más complicado de seguir, vadear los charcos era ya poco menos que tirarse a un río y la Bouboneta no era un submarino. En un momento dado aconteció uno de los hechos más surrealista que me ha ocurrido en la vida. Cuando atravesábamos un poblado de apenas dos casas, y de repente, una familia, probablemente la única que habitaba ese asentamiento en medio del bosque, tiró una rama gorda delante de nosotros a modo de barricada.

¿Nos estaban cortando un camino en medio de la nada?

El grupo familiar sentado delante de su humilde hogar sonreía satisfecho de la hazaña como diciendo:

 

¡Por fin pasa alguien!


 Bouba bajó la ventanilla y les habló preguntándoles amablemente que sucedía, como si no estuviera enterado de nada de lo acontecido.

A lo que ellos le respondieron que eran un piquete protestando por el encarcelamiento del líder de la oposición y que por allí no iba a pasar nadie, cosa que probablemente hubiera sucedido de todas formas si no lo hubiésemos hecho nosotros.

No sin mucho pelear logramos seguir camino haciendo ver a los alborotadores que habían hecho su trabajo a las mil maravillas, pero que ya, que ya era suficiente.

Como dije antes la zona de Casamance tuvo un pasado reciente muy complejo, por lo que la presencia militar es notable aún hoy en día. A pocos kilómetros de aquella barricada cutre tuvimos que parar para pasar, caminando, un check point militar, donde unos imberbes soldados nos apuntaban con sus armas mientras enseñábamos la documentación. En ese momento no me pareció extraña su pose tensa que achaqué a los disturbios que recorrían el país, pero estaba equivocado. Esos soldados estaban preocupados por su propia vida.

Los caminos cada vez estaban más anegados y ya por varias veces casi habíamos quedado bloqueados en medio de los enormes charcos, los cuales teníamos que sondear antes de cruzar para conocer profundidad, mojándonos para ello los pies y a veces hasta las rodillas. En ocasiones nos teníamos que salir del trazado original y serpentear entre los árboles para no hundirnos sin remedio. Cada arañazo, cada golpe que la Bouboneta sufría le dolían a nuestro conductor como si los recibiera el mismo, pues no olvidemos que ese vehículo es su medio de vida al igual que lo era para el pastor aquella oveja comatosa que días antes habíamos “herido”en la carretera. Al pasar por una zona de bosque denso me pareció curioso ver unos camiones cargados de troncos y calcinados junto a su carga. Parecían caros y modernos. Supuse que los lugareños habían prendido fuego a los enormes vehículos porque unos madereros sin escrúpulos les estaban intentando robar sus recursos naturales. Nuevamente estaba equivocado.

Las cosas parecían haber mejorado al paso por una pequeña aldea que atravesamos sin más complicaciones, ya que la lluvia había dejado por fin de caer, pero de repente….Al intentar cruzar un charco que parecía poco profundo y no lo era, nos quedamos en el medio. La furgoneta se paró para no volver a arrancar. La empujamos con todas las fuerzas para sacarla del barro y del medio de un océano de aguas marrones casi rojas, cosa que conseguimos con la ayuda de varios niños que de la nada fueron apareciendo como pasa siempre en África. Puedes encontrarte en el lugar más solitario del continente que de golpe y sin saber de dónde, emergerán decenas de personas, sobre todo niños para curiosear y ayudar. Llegado un momento eran tantos que ya no teníamos espacio para apoyar nuestras manos en la chapa de la furgoneta y era difícil empujarla sin pisar a un negrín. Aún así y con su ayuda sacamos la Bouboneta del charco, la movimos unas decenas de metros en dirección a la pequeña aldea que habíamos cruzado y nos dimos cuenta que estábamos en una especie de limbo, con nuestro transporte averiado y sin posibilidad de que nadie lo reparara, pues el taller mecánico más próximo estaba a decenas de kilómetros, no había ningún vehículo disponible y según los lugareños el camino hacia delante estaba intransitable y hacia atrás…..pues también. Estábamos jodidos.

El acontecimiento del mes, y puede que del año, estaba sucediendo en esa pequeña villa, de cuyo nombre quisiera acordarme pero no puedo, ya que ni tan siquiera sale en el Google Maps. Nosotros éramos los protagonistas.

Por suerte había parado de llover y lucía el sol, por lo que podíamos estar en la calle planificando el siguiente paso. Bouba se encontraba al teléfono hablando con los unos y con los otros para intentar sacarnos de allí. La cosa era complicada, pues los disturbios tenían las carreteras cortadas, los caminos en la espesura de ese bosque estaban anegados y estábamos en medio de una zona …….complicada. 

En menos que canta un gallo apareció un chaval que decía ser mecánico, de motos pero mecánico. Intentamos arrancar el coche empujándolo mil y una veces, para alegría de los chavales que se escojonaban a cada intento, aunque a nosotros ya no nos hacía ni pizca de gracia. Cada vez más gente se arremolinaba en la zona y con las redes sociales del boca a boca hasta llegó un mecánico de los de verdad, de coches, que se encontraba por la zona. Mientras, Boubba seguía buscando soluciones. Yo estaba tranquilo, sabía que en el peor de los casos podríamos dormir en la furgoneta o en alguna casa donde nos darían cobijo y seguramente cena por poco dinero. En realidad estaba deseando que eso sucediera para vivir una experiencia aún más interesante si cabe. Me estaba imaginando una especie de filandón con música africana y una cena rica donde los locales agasajan a los forasteros y les contaban de como eran sus vidas, donde hermosas mujeres semidesnudas como aquellas mozas del río nos sonreían y agasajaban con viandas de un sabor excepcional y donde el amor podía surgir de repente……..

-Hay que salir de aquí como sea. -Me dijo Bouba despertándome de mi dulce sueño.

 

 -Victor, Igor, vigilad al mecánico y a los demás, que tengo que llamar a mi primo que parece que puede venir a buscarnos desde Gambia.


 La Bouboneta muerta.


Pues resulta que Bouba tenía otro primo en Gambia. Ya había perdido la cuenta de los primos de este hombre.

Cuando metí mi cabeza entre la multitud para ver cómo iba el tema del arreglo de la furgoneta me quedé un poco preocupado. La Bouboneta es de ese tipo de furgonetas largas que tienen el motor entre los asientos del piloto y del copiloto, justo por debajo, lo que es un fastidio porque despide un calor de mil demonios cerca de las posaderas. Para acceder a él, en vez de tener que abrir el capó, hay que levantar una tapa dentro de la cabina justo debajo de un asiento supletorio que va colocado en el medio de la parte delantera, a modo de tercer asiento. El mecánico estaba operando desde la plaza del piloto, el mecánico de motos  en el lado opuesto y en cada centímetro que quedaba libre de espacio había un niño, un adulto, un adolescente…….de tal forma que eran decenas los ojos que miraban atentamente el intento de arreglo de ese motor maltrecho y solo cuatro manos procediendo. Me costó horrores acercarme para ver lo que pasaba y preguntar un poco como iba la cosa, pero lo conseguí. Allí estaba, el motor destripado de tal forma que parecía que nunca volvería a funcionar. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo tuvieran a la Bouboneta con las tripas fuera? Tenía que contárselo a Bouba.

 

-Victor, tienes que contarles las opciones que barajo a todos mientras yo sigo intentando cosas. -Me dijo, mientras seguía pegado a su teléfono como si de un bróker de bolsa se tratara.

 

Bouba estaba barajando varios planes de rescate, en uno de ellos  el de su nuevo primo que iba a venir desde Gambia a recogernos, cosa difícil pues los caminos no estaban transitables. También habló con el propietario de la única moto del pueblo para que nos llevara uno por uno hasta la frontera. Ese hombre dijo que podía conseguir otra moto y así nos podían trasladar de dos en dos, cosa que me parecía harto difícil pues tendríamos que recorrer 10km por un camino de barro y los motoristas tendrían que volver varias veces hasta recogernos a todos. Echando las cuentas me salían muchos kilómetros, muchos minutos y muy pocas horas de luz. Boubaa por su parte no iba a dejar la furgoneta sola allí bajo ningún concepto.


Los "mecánicos" haciendo su labor.


Otro plan era volver para atrás si la furgoneta arrancaba, aunque ya no teníamos confianza en poder atravesar los charcos que habíamos vadeado tan solo un par de horas antes sin quedarnos atascados de nuevo. Por último, y siempre que la furgoneta se moviera, los lugareños nos aconsejaron ir por otros caminos hacia Gambia. Esto último me parecía la peor de todas las ideas pues implicaba entrar al país vecino de forma ilegal, lo que me parecía una locura a todas luces.

 

Los nervios estaban a flor de piel ya entre los compañeros de viaje. Cuando les conté los planes ninguno parecía convencerlos, como también me ocurría a mi. Yo seguía tranquilo pensando en la noche con los lugareños, pero parecía que a casi nadie le hacía gracia tal cosa ¿Acaso no les atraía la idea de las danzas africanas regadas de zumo de mango, servidas por bellas mujeres ? Están locos estos blancos.

 Igor, que no es de las personas que le gusta rendirse, me propuso muy seriamente caminar. Caminaríamos 10 km con las mochilas a cuestas hasta la frontera y allí ya veríamos. Yo le repliqué diciéndole que creía que algunos del grupo no lo conseguirían sin sufrir entre el barro, el agua y lo que nos encontráramos. Para colmo podría echársenos la noche encima. Carla era partidaria de lo de las motos y todos y cada uno de nosotros dábamos ideas a veces inverosímiles. Yo por mi parte seguía confiando en Bouba, pues era el único que conocía la realidad del país y de sus gentes, aunque he de decir que en algunos momentos lo vi un poco desbordado.

-Victor, vuelve a la furgoneta por favor.

 

Un hombre, el mecánico, estaba chupando con una manguera el agua que el motor había aspirado por el filtro del aire que en ese modelo estaba asombrosamente pegado al suelo. 

 

-Arrancará, me dijo con una sonrisa.

 

Ya llevábamos unas cuantas horas parados y habíamos madrugado mucho, casi sin comer y nerviosos, mis amigos y yo nos sentábamos en troncos y piedras interactuando con los niños a esperar un rescate que no llegaba.


Escena cotidiana de la aldea maldita.

En un momento dado el mecánico dejó de chupar y comenzó a montar el motor, con sus cilindros, sus juntas, sus tornillos, bujías, tapas, más juntas y contratapas, la junta de la trócola y demás elementos, y todo ello con ¡Un destornillador y una llave fija 13-14!

La expectación era máxima ¿Arrancará?

 

Tuvimos que empujar de nuevo pues la batería estaba muerta. ¡Vamossss!

 

Resultado negativo. Otra vez a desmontar, chupar y montar, y por supuesto a empujar.

 No había un centímetro de chapa sin una mano blanca, negra, grande o pequeña libre para aplicar la fuerza necesaria. Todos a una lo intentamos y de repente y no sin lanzar un sonoro quejido el motor arrancó. Se dio entonces uno de esos momentos mágicos que suelen darse en África. Todos fueron vítores y abrazos, daba igual si eras hombre, mujer, niño o niña, blanco, negro, mulato, albino o leucístico, . Todos estábamos exultantes riendo y gritando de alegría. Habían conseguido reparar un coche sin apenas herramientas y sin cobrar ni un solo euro, todo gratis. Solo los chavales exigieron nuestros relojes a modo de pago, cosa que por supuesto no les concedimos. Yo por mi parte le iba a dar el mío a un chaval, pero al verlo lo desechó por cutre, pues solo era uno de esos de plástico de 5 euros y para más inri viejo. Ellos ansiaban los modernos GPS que algunos miembros del grupo lucían en sus muñecas.


Furgoneta humeando.


Después de las despedidas Bouba decidió el plan a seguir, cruzaríamos la frontera ilegalmente por el único camino transitable de la zona.

 

Nuestro amigo gesticulaba a la policía fronteriza de Gambia mientras nosotros nos reíamos a carcajada limpia dentro de la furgoneta cuando la oscuridad empezaba a vencer ya a la luz del día. La gracia era que con sus gestos nos estaba recordando de todas y cada una de las aventuras que habíamos vivido para llegar allí. A mí me parecía increíble que pudieras llegar a una frontera de ilegal y explicarles que te querías salir del país en el que no podías estar, entrar en otro del que habías salido saltándote la ley, pagar la tasa de salida de Senegal, la cual no habíamos abonado al pirarnos por la selva y el visado de entrada a Gambia. Pues sí que se podía, porque esto es África.

 

La cosa se demoró un tiempo, no creáis que fue sencillo. Y aún teníamos que ir al hotel a unos cuantos kilómetros y decidir lo que haríamos al día siguiente, pues el plan de viaje que era estar dos días en Gambia y volver a Dakar por tierra entrando de nuevo a Senegal, no se nos hacía muy apetitoso. El miedo a quedar bloqueados de nuevo y perder el avión de vuelta a España nos atenazaba, por lo que decidimos comprar un pasaje en avión desde Banjul Capital de Gambia, a Dakar y así curarnos en salud. Aunque conseguir los billetes en el único aparato de hélice disponible nos llevó demasiado tiempo y bastante dinero pudimos descansar por fin después de 20 horas en pie. Al día siguiente otra furgoneta se nos averió a 1 kilómetro del aeropuerto y ya en Dakar tuvimos que esperar más de 20 horas tirados en el suelo, pues no queríamos salir de la terminal por miedo a no poder regresar, ni podíamos entrar en la zona de embarque hasta casi la salida del vuelo. Toda una odisea que hoy recuerdo con cariño y con una especial tristeza pues en realidad lo que nos gusta en esta vida es que sucedan cosas que nos saquen de la rutina, al menos a mí, y esa fue una de las buenas.

 

P.D. El cruce a Gambia con el mecánico guiándonos en su moto delante de nosotros, vino a reafirmarme de lo disparatadas y efímeras que pueden llegar a ser las fronteras. En menos de una hora y después de conducir por un camino serpenteante, nos encontrábamos en una pequeña población Gambiana  sin ningún tipo de control ni policía que nos lo impidiera. Más tarde nos dimos cuenta que debían de estar todos en la carretera principal pidiendo mordidas en vez de estar vigilando si algunos inmigrantes ilegales accedían a su pequeño país por la puerta de atrás, como así sucedió con ese grupo de desaliñados españoles.

En la cena de ese día y alardeando yo de las ganas que había pasado de quedarme toda   la noche en aquella remota aldea de cuyo nombre no puedo acordarme, fue cuando Bouba se sinceró con nosotros y nos confesó el por qué de su preocupación. Nos dijo así, sin inmutarse que aquella amable gente que nos ayudó y no nos había  cobrado ni un solo euro por ello, eran en su mayoría miembros activos o colaboradores de la guerrilla independentista de Casamance, grupo que ya casi olvidados sus anhelos independentistas ahora se dedicaba al contrabando de madera y otras cosas chungas. Que los camiones que habíamos visto quemados los había inutilizado el ejército pues los propios locales traficaban con la madera protegida de sus bosques, y que hacía unos años y en la carretera principal al propio Bouba lo habían parado y robado todas sus pertenencias de valor junto con las de otros viajeros. Yo en realidad jamás tuve la sensación de que esas personas pudieran hacernos daño y prefiero quedarme con la historia que mi mente inventó de lo que hubiera sido una noche junto a los miembros del  Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) y sus familias y amigos.















 
 
 

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