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MARIAJO, JOSEPHINE Y MI HISTORIA MÁS TRISTE JAMÁS CONTADA

  • 18 ene
  • 19 Min. de lectura

Actualizado: 27 ene


 

Estimado amigo:

Este relato es una mezcla de tres historias que me marcaron a lo largo del año 2025. Se tratan estas de una amalgama de reflexiones que probablemente el lector no llegue a comprender del todo pues no tienen nada que ver las unas con las otras para alguien que no sea yo mismo, aunque he tratado de unirlas lo mejor que he podido. Todo ello está amenizado con varias canciones que me recuerdan los momentos descritos, sintonías de un músico que dejó en mí una huella imborrable. Puede usted escuchar las canciones pinchando en los enlaces mientras lee si esto no le perturba la lectura, o puede simplemente escucharlas después si lo desea. Incluso no oírlas si así lo estima o no son de su agrado. La última de todas ellas si que creo que puede ser interesante escucharla nada más terminar el relato, si es que se llegara al final del mismo. Espero que lo disfrute, aunque si no es así ruego sepa perdonarme por tener la osadía de escribir un artículo tan extraño, que sin embargo al crearlo yo si que he podido disfrutar.

Atentamente: El autor.

 

Ella era una flor del mar, yo un delfín tras un velero…...

Extremoduro.

 

Mariajo no me resultó especialmente atractiva la primera vez que la vi allá por el año 1994. ¿Quizás fuera  el 95?. Ser una de las dos únicas chicas del aula supongo que tuvo algo que ver para que conforme pasaran los meses me pareciera más  y más guapa y yo, romántico empedernido, terminara locamente enamorado de ella durante tres largos años de amor no correspondido. María José, morena de pelo corto, alta, piernas largas, cadera ancha y pechos generosos. Quizás a primera vista su rasgo menos agraciado fuera su nariz. Era algo respingona, redondeada y un poco grande en proporción a su cara fina, pero  para mí esa chica era hermosa, tan  guapa que uno del montón, como era yo, tenía cero posibilidades de enamorarla. O puede que no.

Recuerdo que un par de años antes de aquello mi hermano adquirió un disco  de un grupo desconocido en una tienda de música, lo había comprado porque el dibujo de la portada le parecía bonito y el nombre gracioso. Extremoduro se hacían llamar.


-Mola mucho tienes que escucharlo.  -Me dijo con una mueca alegre en su cara.

 

- Ahora se empeñan en vender esa mierda de discos pequeños plateados. 


-Donde esté el vinilo de siempre….


-Este formato no tiene futuro.

 

 

Se equivocó a medias mi hermano, tuvo futuro, aunque no demasiado  largo, pues décadas más tarde desaparecieron rápidamente ante la irrupción del formato digital para no volver a sonar nunca más.


 


Se le nota en la voz, por dentro es de colores

Y le sobra el valor que le falta a mis noches

Y se juega la vida siempre en causas perdidas……

 

 

A ritmo de Roberto Iniesta fue pasando mi adolescencia con momentos buenos y otros que no lo fueron tanto, ambos sobrellevados escuchando “canciones de amor” y de rock duro de ese grupo que había descubierto mi hermano y que siempre  se "pasaban" a una cinta TDK de 60 minutos para poder escucharla en mi walkman, rebobinando a boli Bic para ahorrar pilas. Cuando por fin pude tener un reproductor portátil de CD (pura basura pues las pistas saltaban con el movimiento al caminar) se extinguieron de mi vida los cassettes vírgenes. Los bolígrafos los sigo utilizando para lo que realmente sirven, que es escribir. Aunque poco.


 

Me da vértigo el punto muerto

Y la marcha atrás,

Vivir en los atascos,

Los frenos automáticos y el olor a gasoil.

Me angustia el cruce de miradas

La doble dirección de las palabras

Y el obsceno guiñar de los semáforos.

Me arruinan las prisas y las faltas de estilo, el paso obligatorio, las tardes de domingo

Y hasta la línea recta.

 

Este 2025 fue un año extraño para mí hasta su ocaso. Había viajado a la Patagonia chilena en marzo disfrutando como un enano de los bellos paisajes australes que tanto me gustan. Pude conocer  Georgia en verano para descubrir un país cercano y de naturaleza vasta y hermosa, y ahora me encontraba en Sumatra, previo paso por Malasia y Singapur. Para no tener especiales ganas de viajar ese segundo semestre me estaba pasando de la raya, y teniendo en cuenta que todos los destinos habían sido elegidos en el último momento la cosa no me había salido mal del todo. Ahora en Indonesia pretendía ver al último gran primate que aún no había logrado avistar en mis años de viajero. El hombre del bosque. El orangután.

 

Bukit Lawang es uno de los mejores lugares del mundo para observar de cerca a los orangutanes en libertad. Hay otros sitios, pero yo había elegido este porque unos años atrás había leído cosas buenas de él y lo guardé en la parte de mi cerebro donde guardo los destinos a visitar, que curiosamente es la más desarrollada que debo de tener, pues es capaz de almacenar miles y miles de datos durante años sin que se me olviden. Puedo olvidar nombres, caras (estás últimas con lastimosa facilidad) olvido todo tipo de cosas del día a día, pero lugares que quiero conocer y sitios que conozco se me guardan de una manera que a veces hasta a mi mismo me sorprende.

 

-¿Como era ese sitio en Sumatra de los orangutanes?-Bukit nosequé….. -Pensé unos días antes.

 

No fue difícil localizarlo en el mapa.

 

Avanzábamos con ganas por las empinadas sendas que llevan desde la aldea de Bukit hasta la puerta del Parque Nacional. El calor no era excesivo pues era temporada de lluvias, pero la humedad del 99% hacía que a cada paso que dábamos las gotas de sudor rodaran  por nuestro cuerpo, unas veces para precipitarse al vacío y otras para empapar nuestras vestimentas. Habíamos ascendido a un alto y atravesado una plantación de caucho hasta llegar a una especie de mirador, donde si mirabas en dirección contraria a la que nosotros seguíamos podías observar una inmensa llanura que se extendía desde el infinito hasta las montañas que pisábamos en ese momento, que no eran otra cosa que la puerta de entrada a la reserva. Todo lo que se veía era una eterna planicie cultivada de palmeras, de cuyos dátiles se obtiene el aceite de palma que da de comer a la mayor parte de los habitantes de la Sumatra rural y que estos plantan de forma obsesiva destruyendo la flora local y arrebatando el hábitat selvático a sus antiguos moradores, de tal forma que, tigres, rinocerontes y orangutanes están a punto de desaparecer para siempre. Este fenómeno unido a una climatología cada vez más extrema acababan de segar, tan solo unos días antes, la vida a miles de indonesios a pocos kilómetros de donde nos encontrábamos nosotros, donde grandes riadas se habían llevado pueblos enteros entre el barro y los trocos palmeras cuyas raíces no habían sido capaces de retener el terreno.



 

He llorado tanto, he llorado tan adentro, he llorado tanto, tanto que he apagado hasta el infierno.

Robe.

 

Esos ojos clavados en los míos, casi rindiendo pleitesía, era lo que me hacía quererlo de una forma incondicional. Habíamos tenido nuestras diferencias, eso por descontado, pero al final la balanza de pros y contras, en lo que a nuestra relación se trataba, estaba muy inclinada hacia el lado de las ventajas de esa simbiosis casi perfecta. Yo pensaba realmente que esa dependencia no podía ser buena, pero al mismo tiempo me alegraba de que alguien estuviera pendiente de mi las 24 horas del día. Eso me hacía sentir una persona importante, pero al mismo tiempo me creía un egoísta pues no me gustaba tener ese dominio sobre la vida de nadie.

Ahora que estaba viviendo los últimos momentos de su corta vida la sensación de necesidad era aún mayor, tanto por su parte como por la mía. El ni tan siquiera sabía lo que le iba a pasar y yo en ese momento tenía toda la responsabilidad. Me sentía en la obligación de cuidarle hasta el final y eso me estaba destrozando. A veces quería que todo terminara, pero al ver su cara inocente deseaba todo lo contrario. Tenía la responsabilidad de estar con él hasta el último momento, aunque eso me doliera tanto que a veces no pudiera aguantar el llanto. El por su parte estaba raro, cansado, sin ganas de jugar como las tuvo todos los años en los que fuimos pareja. Dentro de su ignorancia aún se sentía feliz por estar junto a mí y porque yo le devolviera todo aquello que el me había dado. Ahora se estaba cobrando el precio de estar a mi lado durante toda su vida y yo, como no podía ser de otra manera, se lo pagaba gustoso aunque con un dolor que a veces incluso pasaba de lo sentimental a lo físico, no obstante yo era lo más parecido a un padre para el. Sí, se puede decir con certeza que yo era su padre.

Lo cierto es que faltaban semanas o días para que Shackleton, mi perro, se fuera de este mundo y yo perdiera una parte importante de mi vida con su marcha. 


 Shackleton en primer plano y Lula detrás.


Puede que me deje llevar, puede que levante mi voz, puede que me arranque sin más, a ver qué me dice después….

ROBE.

 

Pasaron los meses enamorado y haciendo mías las letras de  Extremoduro mientras pensaba en esa chica escuchando sus canciones y dale que te pego al boli Bic para volverlas a oír. En esa época había una forma de comunicarse que consistía en escribir en un papel en blanco (con el mismo bolígrafo de rebobinar) lo que querías contar, meterlo en un sobre, pegarle una especie de pegatina que se llamaba sello y cuyo precio dependía de lo lejos que quisieras mandar el mensaje, echarlo todo en un buzón para que más tarde, como por arte de magia, llegara a su destinatario en unas pocas semanas. Era lento pero seguro, te daba tiempo a pensar en lo que querías decir e incluso corregirlo antes de mandarlo, no era tan visceral como los mensajes que ahora hacemos llegar en segundos sin apenas rumiar. Incluso a veces se podían perfumar para intentar enamorar. Como anécdota curiosa de ese tipo de comunicación, contaros como años más tarde recibí una carta de esas con un pelo púbico dentro remitida por otra chica, no se si por un accidente o de forma premeditada para hacer llegar un mensaje que, tonto de mi, en aquella época no logré captar. Lo único que vino a mi mente fue una imagen diseñada por mi cerebro de una mujer sin depilar. 

Me suelen decir que soy un tío lento. Era tan lento que me pase un año entero escribiendo cartas a la mejor amiga de Mariajo para desahogarme y contarle lo que sentía  y de paso que ella se lo hiciera llegar. Un año entero para decirle que me gustaba, que quería ser su novio y demás chorradas, pero no a ella, si no a su amiga. 

Quizás si hubiera estado más atento a las señales me hubiera ahorrado el paso, pues años más tarde me enteré que mi confidente sentía algo por mi y no le hacía puta gracia que yo le contara mi enamoramiento por su amiga. Un año entero perdido. Aunque puede que no del todo.

Viviendo a la orilla del río

Pensando en sus amoríos

Hay un sauce llorón que canta

Me deshojaría por ti

Aunque no quieras venir

Que yo no entiendo de distancias.

Mira, a veces, cuando lo acaricia el aire

Se mece y parece que baile

Y a veces, que se refleja en el agua

Se mece y parece que baila

ROBE.

 

Éramos unos guerreros, de eso no cabe duda. Caminábamos por una selva húmeda con nuestras mochilas en busca de los primates pelirrojos entre sanguijuelas, arañas, escorpiones y puede incluso que tigres……. De todos estos solo dejaríamos de ver al último de ellos, a los demás los veríamos y sufriríamos.

Los orangutanes de Sumatra no son fáciles de observar, pues les da por pasar el tiempo subidos en los árboles a los muy canallas. Tienen esa costumbre, al contrario que los de otros lugares, por la presencia del tigre por las partes bajas de la selva. Es una buena filosofía de vida por lo tanto. Esto tiene una desventaja para los que queremos observarlos y para los que se los quieren comer. Así se dedican a pasar su vida por las alturas. Comen, duermen, comen, duermen, los que tienen suerte copulan y vuelven a dormir después de cada comida  y/o copulación. Hacen una suerte de nidos en la copa de los árboles que utilizan tanto de día como de noche para descansar, moviéndose en busca de frutas, tallos, hojas y termitas por la selva. Una madre cría a su  retoño durante 7 largos años después de los 274 días de gestación previos, por lo que solo tendrá 3 o 4 descendientes a lo largo de su vida, siendo uno de los primates con menor tasa de natalidad. Esto hace que cada pérdida de una cría sea un verdadero drama para una madre, la cual guarda un luto largo y doliente, cosa que pudimos comprobar in situ al día siguiente.


Cuando intentas avistar fauna salvaje pagando un dinero por ello, siempre te recorre el cuerpo ese miedo innato al fracaso, miedo a perder la pasta sin ver al bicho. En esa ocasión yo iba a tener de nuevo esa sensación, que desapareció de repente cuando Yazid, nuestro guía, se quedó parado repentinamente al escuchar un sonido lejano. Debía de ser un ruido de esos que están en otra frecuencia, pues nosotros no oímos nada, como cuando llaman a un perro con un silbato de los que no suenan. Pasados unos segundos nos dijo:

 

-¡Hay un orangután en aquel árbol! -Sentenció señalándolo con su dedo índice.

 

Si los árboles de la selva de Sumatra eran altos, aquel era la madre de todos ellos, pues sobresalía por encima de los demás con energía.

 

-¡Allí, detrás de aquella rama en lo alto, a la derecha de la hoja grande del centro, donde se cruzan las dos lianas con el tronco seco! -Nos indicó el guía en voz baja.


-¡No, aquella liana no, la otra. Más arriba, mira más arriba!

 

Por más que mirábamos no conseguíamos ver nada, solo troncos, ramas, lianas y hojas, cosa bastante normal cuando te encuentras en una selva.

Y de repente apareció.

Bordeando un tronco gris emergió de detrás de este una criatura despeinada, de pelo rojo y largas articulaciones que le permitían asirse a las varas con una seguridad pasmosa. Estaba demasiado alto pero aún así se podía ver con claridad, máxime cuando decidió descender por el tronco principal para deleite de los pocos presentes.

Habíamos visto nuestro primer orangután salvaje.

 Yazid poniendo la mesa en medio de la selva.


Y verás el resurgir poderoso del guerrero, sin miedo a leyes ni a nostalgias. A caer mil veces, mas levantarse de nuevo…. Sin más bandera que sus huevos.

Robe.

 

La evolución de Shack no era demasiado buena. Desde el primer día del diagnóstico, un par de meses antes, la cosa parecía seguir su curso natural y cruel. Había días que todo parecía normal y otros que se notaba dolor, cojera, inquietud…. Lo peor de todo era pensar en el sufrimiento, que posiblemente quedara diluido por mi compañía y por los cortos paseos diarios que nos dábamos juntos. Su apetito ya no era voraz pero aún así comía de lo lindo el condenado, y lejos de adelgazar como cabría esperar de un enfermo terminal el tío engordaba. Yo tenía claro que no era el momento de controlar la dieta del pobre hombre, bastante tenía para sí mismo. Esto, unido a que toda la familia se deshacía en cariños hacia el enfermo, hacía que sus días de dolor pasaran relativamente bien, ayudados eso sí por numerosas pastillas y algunos jarabes.

Un día sucedió lo inevitable. Shack dejó de caminar. Un sarcoma estaba destruyendo su cráneo a la vez que su espina dorsal a la altura del cuello, lo que le produjo una parálisis y ese día en concreto dolor, porque aunque un perro no se queje, se nota cuando le duele.

Fue un mazazo fuerte. Me fui a la cama llorando como un niño pequeño sin poder conciliar el sueño hasta demasiado tarde, de tal forma que al día siguiente me desperté a las 8 de la mañana, una hora bastante tardía para mí. Ahora me siento culpable de mi aptitud aquella mañana, cuando al despertar, lejos de bajar al garaje para ver cómo se encontraba mi mascota, me quedé en la cama, sin prisa, enredando en el móvil y sin hacer nada en concreto, solo dejando que pasara el tiempo. No tenía las fuerzas suficientes para enfrentarme a una más que probable amarga realidad. Pensando estúpidamente que mi cama era mi nido de orangután, donde nada malo podía suceder.

Dos horas más tarde me decidí. Bajé nervioso las escaleras que separan mi dormitorio del garaje donde ahora dormía shack, abrí la puerta y ahí estaba, vivo, moviendo la cola feliz, y levantándose a recibirme con una enorme alegría en su rostro, porque sí, aunque los perros no tienen labios pueden sonreír, y Shackleton estaba haciéndolo a mandíbula partida.


 

Me abrazaste y se me puso dura y yo ya empiezo a notar desbordarse los pantanos de toda Extremadura.

Extremoduro.

 

Y por fin sucedió. Penúltimo día de instituto, cena de fin de curso. Después de dos años cruzando miradas, mandando mensajes sutiles, rogando a mi amiga (la cual estaba enamorada de mi) que  hiciera de celestina, mandando cartas, y haciendo todo tipo de gilipolleces, obtuve mi recompensa. Fue algo breve a la puerta de mi casa, justo cuando nos despedíamos después de una noche de fiesta. Uno de los mejores besos de mi vida y no fue uno cualquiera, si no uno de esos de tornillo, de los buenos, en los que las lenguas se enredan de tal manera que parece que no va a haber Cristo que las desenmarañe. Nunca 40 segundos me llenaron tanto. Fue sencillamente maravilloso.

Esa noche no dormí, pues es sabido que los cuerpos que levitan concilian mal el sueño. Solo me dediqué a rememorar una y otra vez el beso y en planear mi futuro en pareja, pues ese morreo para mi, tenía el mismo significado que si hubiera hincado la rodilla pidiendo “de salir” a esa chica,  y la aceptación del mismo por su parte solo podía significar algo:

 

 ¡¡¡SÍ QUIERO!!!

 

En mayúsculas, negrita y con tres símbolos de exclamación.

Por desgracia mi amada no tenía el mismo código “amoril” que yo, y al día siguiente fue vista en una discoteca chupándose con otro, el maromo que a partir de ese día fue su novio de verdad.


 

Me levanto de la cama, me he levantado sin ganas, está noche que no he dormido bien.

ROBE.

 

La noche había sido mala, de las más antológicas en cuanto a “malura” que he podido disfrutar durante mis años de viajero cutre. Casi a la altura de aquella que pasé con Mohamed en el desierto de Mauritania.

El campamento en la selva estaba en un lugar idílico, a los pies de un arroyo donde nos habíamos quitado la mugre y nos habíamos descubierto alguna  que otra sanguijuela  amarrada, o las marcas que dejan estás cuando se sueltan sutilmente ya saciadas. Son un animal algo asqueroso pero fascinante al mismo tiempo. Pasan el tiempo en el barro (que no en el agua) esperando pacientemente a que cualquier animal por el que corra sangre en las  venas se acerque. En ese momento se estiran como si fueran un palillo clavado en el suelo y en un santiamén trepan si pueden para amarrarse al bicho en cuestión, en este caso nosotros. En pocos segundos buscan un agujero por entre los ropajes y se te clavan, y en otros pocos de  minutos chupan y se vuelven a soltar dejando como testigo de su saqueo un circulito rojo. Si las pillas infraganti solo tienes que tirar de su alargado cuerpo para soltarlas y listo. 

A pesar de lo paradisíaco del lugar el alojamiento dejaba bastante que desear. Un tendejón de madera con techo de plástico, casi sin paredes y una colchoneta en el suelo. Todo esto en medio de una noche de lluvia torrencial.

 

-Mañana el desayuno a las diez amigos. -Nos dijo Yazid una vez concluida la opípara cena.

 

Lo malo es que llovía, eran las 7 de la tarde y de noche. Pasar más de 12 horas en esa colchoneta de Sky sin poder asomar siquiera la nariz se me antojaba una pesadilla, como así fue.

 

A la mañana siguiente el dolor de huesos era importante, pero como nunca llovió que no escampara y no hay mal que cien años dure, amaneció y nos dieron las diez, como diría Sabina.

Teníamos por delante otra jornada de observación y una noche más en la selva en régimen de todo incluido.

En medio de la espesura y delante de nosotros apareció una hembra al poco de abandonar el campamento. Aún estaba recién levantada, pues cuando las noches son lluviosas los perezosos orangutanes se levantan más tarde, al igual que los perezosos humanos supongo. Nos miraba a escasa distancia con cara triste, moviéndose lentamente de rama en rama agarrándose de palos sorprendentemente finos para pasar de un árbol al otro. Utilizan una técnica los orangutanes  para avanzar que consiste en subirse a un árbol fino y dejar que este se doble hasta llegar a otro del que se agarran con una mano y un pie. Cuando el árbol es grueso hacen lo mismo pero en las ramas, y si es terciado y van en pareja se suben los dos para poner más peso en la balanza y así vencer la rigidez del tronco. No saltan, solo sueltan una mano o un pie cuando tienen el amarre asido con las otras y no se cuelgan de la cola, pues no son monos, son primates y no tienen rabo. Es digno de ver cómo se mueven en apariencia lentamente pero con una velocidad asombrosa teniendo en cuenta que lo hacen a gran altura y sus cuerpos son enormes.

A Josephine  la seguía de cerca un macho fuerte pero feo como un cuerno. El disco facial que poseen estos los hacen parecer una especie de monstruo o un paisano con una careta. Su mirada amenazante tampoco ayuda y no debes acercarte demasiado pues puede soltarte un gancho o partirte el espinazo.

Pero que tío más feo.


Josephine era la hembra pelirroja de la cara triste. Al igual que le pasaba a mi perro la tristeza y el dolor se le veía reflejada en el rostro si sabías reconocerlo, y a la hembra se la veía alicaída. Nos contó el guía que había perdido hacía dos meses a su cría de dos años y aún no se había recuperado. Que las orangutanas guardan luto y pesadumbre durante meses y que el grandullón feo que la seguía no era más que su nuevo pretendiente, que ajeno al dolor de Josephine y confiando en que la naturaleza de la hembra se pusiera de su parte, buscaba un descuido para preñarla.

Un poco como hice yo en su día con la bella Mariajo, aunque espero que con más suerte.

La triste Josephine.


La jornada había sido muy buena en cuanto a observación de primates y estábamos contentos a la vez que cansados, pues el terreno embarrado y escarpado era difícil de gestionar. A las 12.00 de la mañana habíamos llegado ya al nuevo campamento y para nuestro horror era parecido al del día anterior, solo que en vez de tener libres 12 horas ahora teníamos 18, en medio de la selva, sin nada que hacer y con el pensamiento en pasar una noche larga en otra horrenda colchoneta. Por suerte negociando con el guía llegamos a un acuerdo para bajar navegando el río montados en unos neumáticos de coche hasta el pueblo y allí podernos duchar y pasar la noche en una cama de hotel. 

¿Suena a fantasía no?

Pues fue real.

 

Si encontrara silencio en mi ruido mental dormiría diez días y un año, si avistara la causa de mi tempestad me pondría a gritar como un gallo.

 

LEIVA Y ROBE.

 

 

Algunas veces llegaba a pensar que Shakleton no estaba enfermo, que solo se trataba de un diagnóstico equivocado. Esa era mi fantasía, pero la realidad nos golpeó de nuevo. Un buen día y después de un gratificante paseo por el monte el perro empezó a cojear. Al principio un poco y después de tal manera que casi no se tenía en pie pues le fallaban las patas traseras.

Yo siempre he sido algo nostálgico. Soy de esas personas que se recrean en las bondades de tiempos pasados a veces de forma irracional y obsesiva. Me cuesta romper lazos y por eso soy tendente a recordar y a hacer cosas que me ayuden a ello, como la  senda de Lucas, un sendero que abrí junto con mi perro homónimo y en homenaje a él, por el cual transitaron cientos de corredores durante varios años. Una vez fallecido Lucas además de una bonita sepultura tuvo una senda con su nombre. Para Lula tengo en mente una ruta circular por mi pueblo que llevará su nombre, y para Shakleton, que es el caso que nos ocupa, decidí abrir un acceso a un teso que había descubierto meses atrás y bautizarlo como  “Mirador de Shackleton”. Para realizar tal obra dediqué varias jornadas en limpiar el monte, hacer carteles y sobre todo en sentarme a mirar, que es lo que se suele hacer en los miradores. 

El último día que Shak pisó su mirador llovía, pero aún así el paisaje otoñal podía dejar prendado a cualquiera que se encontrara en el lugar. Ese día decidí ampliar un poco más el paseo para explorar una senda que se adentraba a un hermoso bosque de robles. Muy a mi pesar creo que ese esfuerzo fue el que terminó de quebrar la salud de mi mascota. Al día siguiente cojeaba, como dije antes, y al otro dejó de caminar para siempre.

Fue un jueves por la tarde cuando Shack se tumbó para no levantarse más. Era una cosa extraña pues no se le notaba dolor, estaba contento, comía más o menos bien, tenía incluso sensibilidad en las patas pues las movía, pero no tenían la fuerza necesaria para sujetar su cuerpo. Yo aún albergaba esperanzas de que volviera el resurgir  poderoso del guerrero, por lo que decidí dejar pasar unos días con la fe de que se volviera a levantar como había hecho aquella vez.

 

Fue un domingo cuando al fin tomé la decisión. Shack seguía sin levantarse, se arrastraba produciéndose úlceras en las patas, se orinaba y se hacía las necesidades encima. Le había preparado una especie de cabestrillos para las patas de atrás de tal forma que se las levantaba a pulso y él, moviendo las delanteras, avanzaba unos metros, lo cual me valía para desplazarlo un poco de casa a la calle y de la calle a casa. Aunque los 43 kilos de perro hacían la tarea complicada. Se le notaba incómodo después de varios días sin moverse y con la barriga hinchada. No me costó mucho decidirlo pues lo tenía mascado desde hacía tiempo. Me había jurado a mi mismo que mi perro no sufriría y así iba a ser. No obstante, mi cabeza aún divagaba en como fabricar una silla de ruedas, o incluso comprarla. Pero después me daba cuenta que el triste final iba a llegar más temprano que tarde con silla o sin ella. Estaba viviendo unos momentos tristes.

 

Mi amiga Diana también estaba triste. Era profesional veterinaria y había realizado esa misma operación en demasiadas ocasiones, pero aún así se seguía emocionando. Imagino que haber compartido años de vida con Shack, aunque este le hubiera hincado el diente alguna vez, también le afectaba, pues al fin y al cabo se trataba de la mascota de su amigo.

Era lunes, un lunes soleado de octubre, día 27 para más señas. Shackleton estaba tomando el sol, recibiendo cariños de casi toda la familia que incluso habían dejado de trabajar o ir a clase para estar con él.


-Joder, hay gente que no tiene un final así de bonito.


-Has hecho todo lo posible. Te has gastado el dinero en su tratamiento. Lo has cuidado hasta el final, no te sientas mal.

 

Duérmete,

que ya estás a salvo de todo.

El Sol se ha ido entusiasmado,

le ha salido bien

este atardecer.

Duérmete,

que te voy a cantar

una nana tan cruel

como la realidad:

Érase una vez

una humanidad.

 

Mientras yo lo acariciaba e incluso lo besaba y con la cabeza en mi regazo, Shack se durmió para siempre bajo el efecto de una dosis letal de anestesia posterior a una sedación. Cerró los ojos, sin más, en mis brazos. Que final tan bonito si no fuera por lo triste de las consecuencias. Mientras su cuerpo se enfriaba me despedí de él, hasta que la falta de calor me indicó, que en efecto, el cuerpo de mi perro era ya sólo un cuerpo, nada más.

Shack y yo mirando en el mirador.

 

Fue en Langkawi, Malasia, cuando supe del deceso. Había ocurrido de madrugada por lo que tuve “el privilegio” de enterarme antes que casi todos los españoles por eso del cambio horario.

Roberto Iniesta, el creador de la banda sonora de mi vida había fallecido tan solo un mes después que Shakleton, el cual había crecido escuchando sus canciones aunque seguro sin apreciarlas ni lo más mínimo. Se cerraba un ciclo que me hizo llorar por una persona que no conocí nunca, por un perro que amé hasta su muerte y por mi mismo, pues veía que mi vida también iba pasando ante la lejanía de los recuerdos de aquel primer disco y de un amor no correspondido. Se cerraba el ciclo de mi historia más triste jamás contada, mientras tarareaba una nana cruel.






 






 
 
 

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